jueves, 28 de agosto de 2014

¡Liberado!

(Jesús le dijo:) ¿Quieres ser sano? Juan 5:6
Mira, has sido sanado; no peques más. Juan 5:14

(Lea Juan 5:1-9)

Una multitud de enfermos se reunió en el estanque de Betesda, en Jerusalén. Jesús se acercó a uno de ellos, enfermo desde hacía 38 años, y le preguntó: “¿Quieres ser sano?”.
Normalmente eran los enfermos quienes iban a Jesús para pedirle ayuda, pero en este caso fue Jesús quien propuso la sanación. ¿Por qué Jesús se ocupó solamente de ese hombre paralítico? ¿Era porque ese enfermo había comprendido que no podía ser salvo sin la intervención del Señor?
“No tengo quien me meta en el estanque”, respondió el enfermo. Durante su vida sólo había tenido decepciones. Tal vez en otro tiempo había tenido familiares o amigos que le ayudasen, pero ahora no tenía a nadie. Sin embargo Jesús estaba ahí para sanarlo.
La pregunta también es para nosotros: ¿Quiero ser liberado de lo que me paraliza, de lo que me impide seguirle? Creyentes o no, quizá toleramos en nuestra vida ciertas costumbres malas, incluso sabiendo que nos hacen daño y nos destruyen. Pero el Señor quiere que su luz nos penetre, por ello nos pregunta si en verdad queremos ser curados interiormente. ¡Dejémosle poner al descubierto nuestros pensamientos más secretos, para ser realmente liberados!
El Señor quiere salvarnos, pero no lo hará si nosotros no queremos. Jesús viene a mí y me ofrece la liberación. ¿La acepto? ¿Estoy dispuesto a dejarlo actuar libremente en mi corazón, iluminar mi conciencia? Jesús puede salvar, purificar, liberar, porque por amor murió por nosotros.


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viernes, 22 de agosto de 2014

¡CONFIAR PLENAMENTE EN JESÚS!


Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí.      Gálatas 2:20


Hudson Taylor, uno de los primeros misioneros cristianos en entrar en China en 1854, tenía una vida de fe excepcional. Experimentó que Dios, en su amor, su poder y su fidelidad, puede darnos una salida en las situaciones más difíciles. ¡Qué descanso cuando dejamos a Jesucristo la dirección de nuestra vida! La biografía de Hudson Taylor comprende una voluminosa correspondencia. A continuación podemos leer un fragmento:

«Ahora creo que las luchas, los esfuerzos, las aspiraciones, el esperar días mejores, no son el verdadero medio para llegar a la felicidad, a la santidad, a una vida útil.
El más santo es el que posee mejor a Cristo dentro de sí y se goza totalmente en su obra cumplida en la cruz.
Se trata de descansar, de no hacer esfuerzos para luchar; de poner la mirada en Jesús, de confiar en él para vencer… de descansar en el amor de un Salvador todopoderoso, gozosos por tener una salvación completa y porque estamos liberados del pecado.
No se trata de luchar para tener la fe, sino de mirar a Aquel que es fiel, y de confiar totalmente en él, pues prometió que permanecería junto a mí y que nunca me abandonaría.
No pensemos que esta experiencia, estas verdades, son sólo para una minoría. Ellas están al alcance de cada hijo de Dios.
El único poder para ser liberado del pecado o para consagrarse realmente a Dios es Jesucristo».



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martes, 19 de agosto de 2014

Solo queda ORAR!!


¡Sólo queda orar!

Acercaos a Dios, y él se acercará a vosotros. Santiago 4:8
Con mi voz clamé a Dios, a Dios clamé, y él me escuchará. Salmo 77:1


«Hacer una oración». Esta es una expresión que a veces se usa de forma irónica para hablar de una forma de misticismo o de superstición. La oración también puede ser la fórmula mágica para quienes desean que un proyecto les salga bien o que un deseo se cumpla. Como son conscientes de su incapacidad para resolver un problema, evocan la oración como último recurso. Pero, ¿eso es orar?
La oración de un cristiano tampoco consiste en un conjunto de frases aprendidas de memoria que repetimos como una letanía, sino en una verdadera comunicación, una conversación con Dios. Es la expresión de confianza y dependencia con respecto a una persona que conocemos, igual que una petición de un niño a su padre.
Conocer a Dios como un Padre que nos ama es haber aceptado la salvación que ofrece a todo hombre. Dios, por amor, quiso salvarme, adoptarme para que fuese su hijo. Mi primera oración consistirá en darle las gracias. Y teniendo esta buena relación puedo ir a él en todo momento. Ninguno de mis problemas es demasiado pequeño o demasiado grande para él. Sentiré la oración como una necesidad; será como la respiración de mi alma.
¿Disfruta usted el privilegio de tener una relación así con el gran Dios del cielo y de la tierra? “Acercaos a Dios” (Santiago 4:8). “Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro” (Hebreos 4:16).


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martes, 5 de agosto de 2014

La Biblia es un libro para todos!!!

Abre mis ojos, y miraré las maravillas de tu ley. Salmo 119:18
Tu dicho me ha vivificado. Salmo 119:50

Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino. Salmo 119:105
Todo el mundo está de acuerdo en reconocer que la Biblia ocupa un lugar importante en el patrimonio cultural y religioso de la humanidad. ¿Por qué, pues, considerarla desfasada con respecto al mundo actual? ¿Por qué la Biblia no respondería a las preocupaciones del hombre de hoy? Las necesidades fundamentales del hombre, ¿habrán cambiado tanto?
Querido lector, tómese un tiempo para leer la Biblia. Quizás usted diga: «Lo he intentado, pero poco entiendo». Sin embargo, su ­mensaje esencial es comprensible para todos. Comience preferiblemente por el Nuevo Testamento: los evangelios, los Hechos de los apóstoles y las epístolas. Evite leer al azar, siga un orden en su lectura. No se deje desanimar por un pasaje que le parezca difícil, continúe la lectura.
El lector sincero será interpelado por los temas tratados: Dios, el hombre, el sentido de la vida y de la muerte. La lectura de la Biblia establece una relación con una persona viva: Jesucristo. Su mensaje ha transformado totalmente la vida de innumerables hombres y mujeres. No es un libro reservado para los sabios, los teólogos o los místicos, sino que es un libro para todos. Léalo con sencillez, con esperanza, y en sus páginas descubrirá a un Dios vivo que da la vida. ¡Él lo escribió para que usted lo lea!
Alguien escribió: «Es el libro que ha secado el mayor número de lágrimas, ha iluminado el mayor número de conciencias, ha
 apaciguado al mayor número de remordimientos y regenerado el mayor número de caracteres».

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domingo, 16 de marzo de 2014

Dios también ama a los «inactivos»

Dios mío… Mírame, y ten misericordia de mí, porque estoy solo y afligido. Las angustias de mi corazón se han aumentado; sácame de mis congojas. Salmo 25:2, 16-17
Así dijo el Señor… En quietud y en confianza será vuestra fortaleza. Isaías 30:15

Abrumado por el trabajo, Don, un cristiano celoso por Dios, se enfermó; cayó en una depresión que duró cuatro años. Su mujer le llevó al hospital un libro titulado «Permanecer en Cristo». En la cubierta del libro se veía a un hombre orando. Don observó la imagen un rato y luego, descontento, puso el libro de lado.
«Tengo que reconocer, explicó más tarde, que la palabra permanecer nunca había ocupado un buen lugar en mi vocabulario cristiano. Para mí era sinónimo de detenerse, de descansar, de callarse… y esto no iba bien con mi dinamismo. Pero fui detenido en mi carrera agitada, y lo único que todavía podía hacer era precisamente permanecer en Cristo.
Se necesitaron semanas para que mi mente tan activa fuese a la par con mi agotado cuerpo. Cuando llegué a ese estado, quedé gratamente sorprendido. Dios me seguía hablando, todavía estaba ahí, su Espíritu no se había ido y su poder no había disminuido. Yo me tuve que detener, pero Dios no. Entonces descubrí, para mi mayor sorpresa, que Dios también ama a los que están inactivos. ¡Qué revelación para mí! ¡Qué gozo sentí al permanecer simplemente en Él! Comprendí que Dios no sólo me amaba en medio de mi «inactividad», sino que quería decirme al oído palabras de ánimo que no podemos oír ni comprender cuando estamos en plena actividad en los campos de batalla de la vida cotidiana.
Mi Dios no me ha abandonado; simplemente me ha reorientado. Se tomó el tiempo para sentarse a mi lado y enseñarme… en profundidad»...


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jueves, 20 de junio de 2013

Para los padres cristianos

(Jesús) estaba sujeto a ellos (a sus padres)… Y Jesús crecía en sabiduría y en estatura, y en gracia para con Dios y los hombres. Lucas 2:51-52
La Palabra de Dios dice a nuestros hijos: “Hijos, obedeced en el Señor a vuestros padres, porque esto es justo” (Efesios 6:1). La Biblia los coloca en la actitud que tuvo Jesús cuando era niño. ¡Qué ánimo para los padres a fin de criar a sus hijos en el amor y el temor del Señor! (Tito 2:14; Efesios 6:1, 4). ¿Qué nos aportan a nosotros, padres, los versículos del día?
–Crecer en sabiduría: Ningún padre puede salvar el alma de su hijo. Sin embargo, los padres tienen el privilegio de transmitir a sus hijos las enseñanzas de la Biblia que pueden guardarlos y conducirlos a la salvación (2 Timoteo 3:15). Esto requiere, por supuesto, que ellos mismos se dejen dirigir por estas enseñanzas.
–Crecer en estatura: Los padres cristianos, sin descuidar los consejos y cuidados médicos, deben confiar primeramente a Dios los problemas de salud de sus hijos.
–Crecer en gracia para con Dios: Jesús el Salvador también es el perfecto modelo. Los padres deben orar para que sus hijos conozcan personalmente a Aquel que los guardó desde su infancia y para que sigan sus pisadas.
–Crecer en gracia para con los hombres: Cada niño tendrá que vivir entre los hombres de este mundo. Enseñémosles a comportarse siempre con rectitud, dulzura y humildad.
Padres cristianos, la tarea es difícil, incluso imposible sin Él. Pero “fiel es Dios” (1 Corintios 10:13). Miremos a Aquel que “es poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos, según el poder que actúa en nosotros” (Efesios 3:20)


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miércoles, 29 de mayo de 2013

De la Pascua al Pentecostés

Matasteis al Autor de la vida, a quien Dios ha resucitado de los muertos. Hechos 3:15
Alzando sus manos (Jesús), los bendijo. Y aconteció que bendiciéndolos, se separó de ellos, y fue llevado arriba al cielo. Lucas 24:50-51
En el transcurso de unas semanas (hace aproximadamente 2.000 años) tuvieron lugar unos acontecimientos de una importancia capital. El primero fue la muerte de Jesús en el momento de la Pascua judía. El sol, en pleno mediodía, se oscureció, la tierra tembló, las rocas se partieron y el velo del templo se rasgó. Lo queramos o no, ese acontecimiento cambió por completo la historia de la humanidad.
Después de esto, al tercer día, Cristo resucitó. Para consolidar la fe de los discípulos y establecer la autenticidad de los hechos, Dios permitió que durante cuarenta días su Hijo resucitado apareciese a diferentes personas que pasaron a ser testigos indiscutibles de los acontecimientos que sucedieron. Luego en Betania, ante la mirada sorprendida de los discípulos, Jesús fue llevado al cielo.
Los discípulos regresaron a Jerusalén para esperar el cumplimiento de la promesa del Padre, el envío del Espíritu Santo. Allí, el día de la fiesta de Pentecostés, que era celebrada 50 días después de la Pascua, fueron llenos del Espíritu Santo, hablaron en lenguas extranjeras y anunciaron “las maravillas de Dios” (Hechos 2:11). El Dios de los judíos se daba a conocer como el Salvador de todos los hombres.
Después de esos grandes acontecimientos comenzó una nueva era: la era cristiana. Pronto llegará a su fin y estará igualmente marcada por un gran acontecimiento: la venida de Jesús para arrebatar a los creyentes.


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